
Cuando algo no funciona, señalamos al «sistema». La culpa es del gobierno, de los políticos o de las instituciones. Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿quién conforma el sistema?
No existe ningún sistema sin personas. No hay ciudad sin ciudadanos. No hay mercado sin consumidores y emprendedores. No hay sociedad sin individuos. Cuando tratamos al sistema como algo externo, olvidamos que es, en gran medida, el reflejo de nuestras elecciones, de nuestros valores, de nuestras actitudes y de nuestras omisiones.
A pesar de ello, hemos desarrollado la costumbre de externalizar responsabilidades. La educación es problema del gobierno. La seguridad es problema del gobierno. La salud es problema del gobierno. Y, poco a poco, dejamos de reconocer nuestra participación en la construcción de la realidad que nos rodea.
Esta mentalidad genera una sociedad de espectadores. Personas que observan, critican y se quejan, pero que rara vez se ven a sí mismas como protagonistas de los cambios que desean.
Quizás la pregunta más importante no sea «¿quién lo va a resolver?», sino «¿cuál es mi papel en la solución?».
Porque la verdad es simple e incómoda: el sistema no es una fuerza lejana. El sistema somos nosotros. Y mientras sigamos transfiriendo a otros la responsabilidad de lo que es colectivo, seguiremos produciendo exactamente la sociedad de la que nos quejamos.